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PADRE SILVIO BROSEGHINI, UNA VIDA ENTREGADA A LOS DEMÁS

Desde que conocí al Padre Silvio Broseghini el 21 de abril de 1992, cuando llegué a Macas para ingresar a la Misión Achuar de Wasakentsa, me inspiró y me dio confianza.

En la Misión Achuar, al inicio, tuve algunas dificultades, al tratarse de otra cultura totalmente distinta a la mestiza, su forma de reaccionar, de actuar, de responder, me dejaba perpleja y realmente no sabía como actuar.   Un día pensé me voy, no sé qué hago aquí.   Y, lo que me animó a permanecer en Wasakentsa fueron los padres Silvio Broseghini y Domingo Bottasso.  La entrega, la dedicación, la paciencia, el amor al achuar, la disponibilidad total hacia ellos, su adaptación a su forma de ser, sus costumbres, su alimentación, su bebida, la famosa chicha de yuca me hizo ver que ellos, en cada achuar que les visitaba veían a Dios mismo presente.  

Gracias al padre Silvio conocí la cultura achuar, entendí el significado de ser misionera, de dar todo de sí por el bien del otro, sin esperar ninguna recompensa, únicamente el cielo y la presencia de Dios. 

El me enseñó que se debe hacer en un lugar que no es el nuestro:   mirar, callar, escuchar, no juzgar, ser paciente, ponerse en el lugar del otro, es decir amarlos y aceptarlos porque en ellos está presente Dios.   Esto es lo que hacía él, era una convicción personal que la mantuvo por siempre.

Padre Silvio era una persona trabajadora e incansable, le recuerdo con pantalones cortos, camiseta y machete en mano, acompañando a los internos a limpiar el plátano, el patio, la pista, abriendo una nueva huerta o cargando una cabeza de plátano hacia la cocina.   El manejaba   el tractor, acarreando madera, piedras o arena para la construcción de las aulas, la casa para las internas, la cocina, un pequeño dispensario médico, el tanque para abastecer de agua a la misión.    A más de estas actividades, siempre encontraba el tiempo para ofrecer a los visitantes un poco de chicha y atenderlos, escuchar sus inquietudes, sus interrogantes, sus necesidades y trasmitir las enseñanzas basadas en la Palabra de Dios y en el carisma de Don Bosco.

Sus días comenzaban muy temprano, madrugaba siempre, se levantaba a las tres de la mañana para leer, meditar, rezar y celebrar la Santa Misa.  Nunca dejó esta rutina.   Por ejemplo, cuando vivía en Méndez salía de Macas a las dos de la mañana, llegando a las cinco, iba directo a la capilla para rezar con los seminaristas, sin descansar un momento.

En la comunidad de Wasakentsa, a pesar de tener múltiples actividades encontraba tiempo para escribir proyectos, enviar informes y de esta manera solventar los gastos que implica mantener una misión.  Igualmente, si algo no funcionaba y necesitaba reparación él estaba ahí, siempre para ayudar.

Algo que le gustaba mucho al Padre Silvio, era cocinar.   En Navidad con los pocos recursos que teníamos en la Misión, preparaba unos platos muy ricos.    La comida era muy sencilla, pero el amor con el que preparaba hacía que parecieran los más ricos que existían.      

Con padre Domingo se turnaban para visitar las comunidades achuares para difundir la Palabra de Dios, compartir la vida con las comunidades, su trabajo, sus preocupaciones, sus necesidades.

Siempre trató de encontrar la manera de dar una respuesta a las necesidades de educación, salud, producción, comercialización y esto lo llevó a crear la Fundación Chankuap’, que nació de la necesidad que él vio de que se establezca un   desarrollo basado en la justicia y equidad, es así como Dios me permitió que pudiera compartir el trabajo de la Fundación con el padre Silvio desde enero de 1998.      En esta fecha él ya estaba viviendo en Macas, ya que por encargo de Monseñor Pedro Gabrielli era responsable de la Pastoral Shuar y Achuar.

Cumpliendo todas las tareas a él encomendadas, dedicaba un tiempo a la Fundación Chankuap’, de la cual era su Presidente.    Tenía muchas ideas, ideas que se transformaban en proyectos.   Si en algún momento había que viajar, mientras viajábamos me decía hay que hacer esto o el otro.   Siempre estaba en actividad, tenía mucha energía tanto para los trabajos físicos como intelectuales.   

Al padre Silvio le considero una persona especial en mi vida, era como mi hermano, mi amigo, mi confidente, me ayudó a crecer en todo sentido, me fortaleció intelectual y emocionalmente, incluso afrontar situaciones difíciles en mi vida, como la muerte de mi hermano.

 Cuando me quejaba de algo o alguien, me corregía y    siempre me hacía ver el lado positivo de las personas y de las acciones . . . y mi respuesta siempre fue “usted se va a ir al cielo, yo al infierno, solo recuerde de darme un poco de agua desde arriba”.  

Doy gracias a Dios porque me permitió estar a su lado durante su enfermedad, una enfermedad asumida con mucha fe y confianza en Dios.  Jamás se quejó, mientras estaba en el hospital con tratamientos dolorosos de quimioterapia, en cama, cerraba sus ojos, rezaba, aceptando la voluntad de Dios con humildad, a veces dormía, otras veces no, y le preguntaba ¿le duele algo?   Jamás me contestó a esta pregunta y siempre me cuestione a mí misma, ¿cómo se sentía?  ¿qué le dolía?   y ¿qué podía hacer por él?    Realmente, lo único que podía y debía hacer era acompañarle, rezar con él y de vez en cuando consentirlo con algún antojo que él tenía.  

Cuando decidió que regresaría a Italia, pese a su enfermedad, dejó todo en orden.   El día anterior a su viaje me encargó entregar algunas cosas, así lo hice.   Recuerdo que le dije quiero que regrese y él me contestó yo también quiero regresar.   Al día siguiente en el aeropuerto fui a despedirle.  

Cuando Dios se lo llevó y se decidió por parte de su familia que lo iban a incinerar y que sus cenizas iban a ser traídas al Ecuador, sí regresó, regresó para estar siempre con nosotros, para estar en Macas, para estar en la Catedral de la Purísima de Macas.

Ahora que él ya no está con nosotros, estoy convencida de que él nos cuida, digo nos cuida, como Adriana, como Fundación, como los colaboradores que trabajamos en ella, como niños que asisten al proyecto.   Sentimos su presencia y su ejemplo, y esto nos anima a seguir adelante.

La obra que el inició perdurará en el tiempo, es recordado como el padre que recorrió la amazonía de nuestro país para ayudar a los que más necesitaban de la presencia de él, como sacerdote y a través de él a Dios.  Fue un amigo incondicional, una persona admirable, por su fortaleza física e intelectual, pero sobre todo un ser humano excepcional, por eso Padre Silvio siempre lo recordaremos como un ejemplo de vida.

Adriana Sosa Villacrés

TRABAJO EN LA COMUNIDAD DE WASAKENTSA
COMUNICÁNDOSE POR EL ÚNICO MEDIO «RADIO UHF» DESDE LA SELVA
P. SILVIO EN LA VIDA MISIONERA.

P. SILVIO CON ESTUDIANTES Y VOLUNTARIAS.
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